Por Bolivar Balcacer
En la política dominicana de Nueva York hay demasiados actores que dominan el arte de la cobardía elegante: tiran la piedra y esconden la mano con la destreza de quien ya ha hecho de la simulación su oficio.
Unos callan por dinero, otros por miedo, pero todos coinciden en lo esencial: el silencio como moneda de cambio y la complicidad como estrategia de supervivencia.
Se mueven en la sombra, como marmotas políticas que solo asoman la cabeza cuando hay beneficios que recoger, pero se esconden cuando toca asumir responsabilidad.
Y cuando se agrupan, no es para construir, sino para conspirar en voz baja, como comadronas disfrazadas de tertulias inocentes, buscando nuevas formas de perpetuar el estancamiento de una comunidad que dicen representar, pero que en realidad administran como botín.
Su rol es claro: fungir como paños de limpieza del poder, como mapos humanos al servicio de un liderazgo que hace tiempo perdió la brújula. En lugar de fiscalizar, encubren.
En lugar de elevar, degradan. Y en ese juego de conveniencias, el congresista Adriano Espaillat no es más que el centro de gravedad de una maquinaria que se sostiene gracias a la lealtad interesada de figuras sin carácter, sin color y sin principios.
Lo más preocupante no es su mediocridad, sino sus consecuencias. Porque con este tipo de dirigencia, el Distrito 13 no avanza: retrocede. Se erosiona. Se fragmenta.
Se extingue lentamente bajo el peso de una representación hueca que ha cambiado la lucha por el cálculo y el compromiso por el marketing y el dinero.
Hoy se disfrazan de defensores de causas nobles —los ancianos, los vulnerables, la comunidad—, pero mañana desaparecen sin dejar rastro, sustituyendo el dolor real por narrativas convenientes. Son aves de mal agüero que sobrevuelan cada crisis buscando qué capitalizar, no qué resolver.
Y mientras tanto, la comunidad dominicana en Nueva York sigue atrapada en una encrucijada peligrosa: dividida hoy, condenada mañana. Porque una dirigencia sin rumbo no solo desorienta, también arrastra. Y cuando el conductor pierde la brújula, el destino no es incierto: es inevitable.
Al final, todo se reduce a lo mismo: dinero. Dinero que compra silencios, que fabrica lealtades, que corrompe voluntades. Y una moral pública que ya no está en crisis, sino en estado de descomposición, revolcándose sin pudor en la pocilga de quienes han decidido que vivir en la mugre es más rentable que salir de ella.



























































