

La preocupación observa un problema y nos anima a resolverlo mientras que la ansiedad genera un desgaste físico y mental real

eldiariony.com.-Todos nos preocupamos. Deseamos que nuestros hijos estén bien, que un proyecto funcione, que el dinero nos alcance o que el resultado de un estudio médico sea normal. Sentir inquietud ante una situación concreta es humano. La preocupación también puede ayudarnos a actuar y a buscar soluciones: a ocuparnos. Algo está pasando o podría pasar, y nuestra mente se prepara para afrontarlo.
Pero ¿qué ocurre cuando la mente comienza a vivir en el futuro? Nos adelantamos a conversaciones que aún no han ocurrido, imaginamos escenarios negativos, creemos que podemos controlar situaciones que no dependen de nosotros y el cuerpo empieza a responder como si todo eso ya estuviera sucediendo: el corazón se acelera, aparece el insomnio y la mente no se detiene. Es allí cuando la inquietud puede transformarse en ansiedad.
La preocupació,n observa un problema concreto y nos anima a resolverlo mientras que la ansiedad, mira todo lo que podría salir mal, generando un desgaste físico y mental real que deja sin energía a quien la padece, extenuándolo hasta llegar a paralizarlo. Es por eso que poder establecer la diferencia es determinante a la hora de lidiar con nuestra salud emocional.

Ante un cambio laboral o un puesto que se vuelve inestable, la preocupación toma las riendas: actualiza el currículum, hace la llamada incómoda, se plantea nuevas opciones y ajusta el presupuesto mientras atraviesa el momento. La ansiedad, en cambio, puede hacer que deje de abrir los correos, que tiemble cuando suena el teléfono, que evite la conversación con el jefe y que convierta cada gasto en una fuente de pánico.
La situación puede ser exactamente la misma, lo que cambia es la respuesta emocional. Cuando la ansiedad se activa y se instala de manera permanente, puede comenzar a decidir por nosotros. Nos volvemos inseguros, perdemos autonomía y dejamos de hacer cosas que antes podíamos afrontar. Lo que sigue es el estancamiento y, cuando estos síntomas son persistentes y afectan significativamente la vida cotidiana, puede tratarse de lo que en psicología llamamos trastorno de ansiedad.
La buena noticia es que, no tiene por qué ser definitivo. Existen formas de trabajar para que la ansiedad, deje de condicionarnos. Por lo general, hay situaciones o momentos que la activan, y aprender a identificarlos nos permite diferenciar lo que está ocurriendo de aquello que nuestra mente está anticipando

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Es posible, aprender a tolerar cierta incertidumbre y tener un pensamiento negativo sin creer en él de inmediato pero muchas veces no podemos hacerlo solos. La terapia puede acompañar ese proceso, ayudándonos en la identificación y comprensión de los patrones detrás de la ansiedad para luego desarrollar herramientas que nos permitan responder de una manera más saludable.
La ansiedad es, un mecanismo de defensa que puede haberse instalado en nuestra vida, pero no siempre resulta útil. El gran aprendizaje aquí es confiar en nuestra capacidad para atravesar lo que venga, sin necesitar tener certeza sobre el futuro.
Esa confianza puede ser suficiente para devolvernos al presente y ayudarnos a transitar diferentes situaciones de la vida de manera menos traumática.






































































